La Danza Africana, tan antigua como la humanidad, ha permanecido invulnerable al paso del tiempo. Se ha enriquecido en su propia tierra, ha bebido de sus fuentes de tradición, ha inspirado a poetas, reyes y guerreros, ha servido como vía de comunicación y de unión entre pueblos, ha mantenido el vínculo entre el hombre y lo trascendente y ha permitido manifestar el encuentro revelador entre el relato mítico y la expresión corporal de uno o muchos individuos.

El cuerpo humano, siendo un transporte de memorias, el recipiente vivo del alma, del espíritu y la esencia, ha sacrificado su personalidad y utilizado su forma para abandonarse a otras energías y manifestar la plenitud de la naturaleza, la experiencia y el drama de la vida y las vivencias y el sentimiento del ser.
El cuerpo es el recipiente, el velo, el instrumento, la máscara, pero también el vehículo de la revelación de la energía.
La Danza Africana es el testigo primigenio de este proceso. Evoluciona con el ser humano y llena de simbología todo movimiento y expresión del mismo. El individuo danzante se deja invadir por la corriente… y la danza permanece a su lado, recreándose en cada inspiración.

La columna vertebral es el eje del mundo; las piernas y brazos son el anclaje y el avance, la concreción y definición de los afectos; la respiración es el movimiento armónico y continuo; el latir del corazón es el ritmo, contenido en un plexo fogoso, que lucha, se abre y se contrae; y, el movimiento de la cabeza es la expresión, la liberación, la visión futurista, el encuentro…

La Danza Africana se expande y crea nuevas raíces. Ha superado el avance del tiempo y servido como transmisión cultural, sin literatura o historia escrita, sólo a través de la memoria y la entrega de sus cuidadores: «Griots» y Artistas. Llega hasta nosotros gracias a una apertura de espíritu, una necesidad de conectar con el equilibrio natural de nuestro pasado. Y continúa creciendo gracias al trabajo de bailarines, profesores y coreógrafos de origen africano y de toda la diáspora africana que mantienen vivo este arte en el corazón de todos los participantes del proceso. Las barreras caen y los miedos, nacidos de las diferencias, se disuelven.

La danza africana, ahora más que nunca, es un reto para africanos, europeos, asiáticos o americanos. Unos permiten que su tradición se vea enriquecida por nuevos estímulos y otros asumen movimientos libres, distintos, reveladores y emocionantes.
El reto, para unos y otros, es la decisión diaria de ir más allá, de vivenciar, de sentir, de expandir y de proclamar la expresión.

 

Sonia Sampayo
Marzo 2017